“Acuario” por Octavio Armand

“Acuario” por Octavio Armand

uvero

Las calles cuadriculadas del pueblo y las no menos cuadriculadas disposiciones de papá y mamá lo obligan a asumir el papel de soñador.

Se siente condenado a un horizonte estrictamente vertical. Durante una hora tendrá que jugar con el cielo. Sólo podrá vagar, corretear y perderse allá arriba, lanzándose como una escalera al cenit para luego hacer de los infinitos peldaños el pie de una babosa y las sincronizadas patas de un ciempiés.

Sentado en el quicio del corredor, observa las nubes, tratando de adivinar el mutante teatro de las formas: ese león que se diluye en la garrafa de vino, aquel sombrero que cae dentro de la cabeza antes invisible, y el cuerpo que ahora mismo acaba de tragársela, contorsionándose a través de sus propios resquicios y recovecos hasta reducirse a cintura, rodilla o calcañal, y que de repente ladra, nada, perro y pez mostrando la lengua jadeante y la agalla convulsa en el rosado o bermellón que deja la luz al atravesar el sinuoso espesor de las nubes.

En la playa el espíritu aventurero se orienta por ellas. No las sigue como un poeta inglés. Ni se cree nefelibata como Darío, palabra entonces más discreta que una tumba en el Valle de los Reyes y poeta más remoto que una constelación recién descubierta a 5,000, 000, 000 años luz.

Al despertar a orillas del mar y aprestarse para las posibles aventuras del día, se fija detenidamente en el cielo, que ha amanecido otra vez para él. Su cómplice, sin duda, pero impredecible, arrogante, variable mientras la luz termina de pintar un primer plano inquieto de blanco algodón, gris cana o negro ojo de canario, dejando coloreados en segundo plano un domo azul intenso o pálido, lechoso o dramáticamente encapotado, como si las alturas mismas se prepararan para un chaparrón cubriéndose con una capa.

Según la lectura del cielo, optará por mar o monte. Monte quiere decir safari en las llanuras africanas o caza de búfalos en las praderas del oeste americano, vastedades resumidas en el trecho que hay entre El Uvero y La Punta de la Mula, farallones a un lado y al otro la rala y reseca vegetación de la costa.

Si opta por el safari se echa al hombro la escopetica de municiones, apostando a nuevos trofeos, ya que ha mejorado sobremanera la puntería gracias a las jaibas que en vano disimulan su achatado verdinegro con el brillo espumoso del dienteperro. Cada tiro paraliza una, petrificándola hasta la próxima ola, que regala sus trozos a guasas o picúas, unas al acecho entre algas, las otras flotando a la deriva en su plateada energía potencial.

Al atravesar como alfiler a la jaiba de efímera geología, el disparo fulmina un sálvese quien pueda entre las restantes, que simultáneamente aplican la dinámica gravitatoria, escurriéndose en inventadas direcciones mientras el dienteperro por un instante titila como el cuello de una yegua.

La escopetica que enseña a volar a los pajaritos, asustándolos, sirve también para pellizcar iguanas cuando se pavonean como francesas en cueros a orillas del Sena o en la flamante Costa Azul, salvo que el cuero de las iguanas es cuero de veras, y las municiones, como fastidiosos moscardones, apenas logran despertarlas momentáneamente de su sonambulismo. Al reiterado acierto del francotirador, algunas catatónicas deciden espantar a los dípteros de cobre con una carrera. En ocasiones el disparado reptil inadvertidamente agarra el rumbo del mosquetero. Entonces hay que evitar a toda costa el choque de los maratonistas, cuyos zigzags huidizos pueden ocasionar indeseables encontronazos.

La opción más a su gusto, contrapuntística por primitiva y salvaje con la escolaridad y el orden de los cubiertos sobre el mantel bordado, aconseja arco y flecha, y galopar sin montura ni brida ni siquiera caballo tras los barbudos bisontes. Asume así una identidad enteramente grata, al encaramarse en la metáfora tramontana que lo sitúa en horizontes tan lejanos en el espacio como en el tiempo, transformándolo de raíz, no en héroe romano o moro celoso, como a un actor isabelino, sino en piel roja ennoblecido por la injusticia y las adversidades, uno que él quisiera vencedor aunque lo sabe irremediablemente vencido. Por eso cambia de raza y de nombre. Es un indio y se llama Toro sentado, Nube roja, Gerónimo o Caballo loco.

Descamisado, y en la trusa que le sirve de taparrabo, se enrumba hacia el descampado apodado el Aeropuerto desde que Campitos aterrizara ahí con su avioneta. Es el sitio donde suelen rumiar las manadas de búfalos — si por manadas de búfalos se entiende la solitaria vaca fajadora, animal tan doméstico como él, pero que ha logrado reasumir la ferocidad de sus genes, remontándose al atavismo de embestidas y cornadas tras deambular durante meses fuera del potrero y el alambre de púa.

Los flechazos, imposible negarlo, parecen disparados por un discípulo poco aventajado de Zenón, como si el pequeño arquero hubiera aprendido por metempsicosis pero a medias o muy mal las pasmosas lecciones del eléata. La aporía apenas cumple la mitad de su aparente milagro. Pese al entusiasmo novato, las flechas nunca llegan a la meta. Tampoco dejan suspendidas en la mente el ruborizado arco iris de la lógica. Pues ni dan en el blanco ni logran permanecer metabolizadas en el aire, como si al agitar el viento no lograsen la necesaria resistencia de vientos contrarios para satisfacer el encogimiento acelerado del número y la elasticidad lentificada del espacio.

Las flechas sencillamente caen lejos de la impávida cornúpeta. Primero a cien metros, luego ¿a cincuenta? ¿a veinte? No resulta fácil precisarlo, pues el intrépido sioux se ha ido acercando a la bestia que aspira derribar. Además, el kilometraje depende de voluntades reñidas, que ni el rabillo del ojo al buscar salidas de emergencia puede perder de vista. Poco a poco, en la reducida distancia, la flacuchenta residual de veras se ha transformado en búfalo de inminente galopada, por lo que el arquero se detiene en seco y desiste ante la plenitud de la metáfora ajena, que lo ha identificado y lo tiene fijo en la mira telescópica, mostrando excesiva insistencia en levantar polvaredas con las patas delanteras, como si ominosamente escarbara una tumba sin nombre en el centro de la tierra.

Monte quiere decir todo eso. Mar es mucho más. O menos. Suele implicar la red de mariposas de la mamá, que él tendrá que sustraer sigilosamente del armario, como si el imprevisto desvío de la función pudiera acarrear severas consecuencias. El sigilo en realidad no teme esas consecuencias, que acrecientan, con la levadura del riesgo exagerado, las tentaciones de la aventura, pues varias veces lo han sorprendido pescando con el enorme colador de telaraña y ya los regaños ritualizan la costumbre de las partes involucradas: suya, la captura de mariposas sumergidas, de aletas vibrantes, ariscas, nunca de alas plegadizas o movimientos incautos; la de la madre, una capitulación que a la larga apenas exigirá la limpieza del mosquitero cónico en agua dulce.

Si han escondido la red, o alcanzarla exige peligroso alpinismo de armario, no por ello tendrá que resignarse al hierático papel de soñador. Lamentablemente, es cierto, esa mañana no podrá repetir el milagro: la multiplicación de los pececitos que añaden zigzagueantes colores al acuario, como si la transparencia del vidrio fuera prisma de agua salada y luz descompuesta los animalitos secuestrados hasta el final del verano.

La falta de red significa una frustración muy pasajera, sin embargo. Pues hay un plan b. La careta y el snorkel siempre están a mano y bastan para unas veinte mil leguas de viaje submarino en metro y medio de profundidad.

La careta le parece una pecera portátil; él y su mirada, así decide suponerlo, completan el cubo de vidrio que muestra esa otra cara insomne, palpitante. Lo curioso, sabe, es que eso lo convierte en paradójico acuario sin agua. Es una isla. Está rodeado de agua por todas partes. Y también de erizos, corales, pulpos, langostas, algas, tapaculos, aguamalas, rabirrubias, pargos, tamboriles. Para acumularlos en la mirada y retenerlos en la memoria tiene que ser absolutamente impermeable: no puede tragar agua ni dejar que la careta se rinda a la corriente.

Y sin embargo, él mismo somete su imagen a las imágenes, dejando que el vidrio se entregue en escamas o lascas de hielo a la luz verdosa, espesa, donde el sol poco a poco se ha disuelto; y así gustosamente olvida la orilla, como si de una vez por todas se despojara de fastidiosos vínculos con la tierra. Éxtasis de comunión con el medio donde no necesita apoyarse en firme. Éxtasis de comunión con un mundo de crecida libertad, sin calles ni caminos ni aulas ni adultos ni los niños hablan cuando la gallina mea. Intemperie de regocijos, de temperaturas que afirman el sol diluido o lo niegan, según la zambullida.

La obligación de visitar a una amiga — poco recomendable según las malas lenguas — lo lleva al pie del farallón, unos metros más allá del muelle de Manolo Casas: la morena que como novia de pueblo asoma la cabezota al verlo, abriendo y cerrando la boca para saludarlo entre bostezos. El saludo es un agujero tan profundo — así lo imagina – que anillo tras anillo llega hasta la cola. La acostumbrada cortesía dura poco. Menos cada día. Quizá esa morena que lo espera en el balcón se enrolla porque su admirador no adivina que quiere serenatas. Y retira sus curvas, decepcionada como el minutero de un reloj atrasado por el tiempo perdido. Entonces se encoge el cilindro boquiabierto, enconchándose de nuevo como un maquey, y la oscura siesta interrumpida se reanuda en la cueva de carne oculta en la cueva de piedra.

Del farallón vuelve al horizonte de transparencias. Se siente como pez en el agua, capaz de flotar durante horas respirando por el snorkel, y muy capaz también de prescindir repentinamente de boca, nariz y pulmones al sorprender abajo colores, formas, movimientos o destellos que insinúan complicidades. Aquí no hay que cambiarle el agua a la pecera. Él mismo es una pecera dentro del agua. Pecera sin fondo y llena de peces por fuera.

Enorme y transparente, juraría que es un pez soluble.

O el mar.

O el cielo.

Solitarias, como si habitaran el triángulo rojo que ha dibujado en el colegio, las estrellas de mar arrastran con su paso el escaso disimulo de las algas, o se aferran, chato pulpo de cinco brazos, a retoños de coral o al erizo negro desprevenido que pretenden devorar. Y cuando él se fija en una, lejos de temer que se esconda, cree que le guiña, exactamente como las de la noche.

La pentarradial lo remonta al abismo estelar mientras devora al erizado, avisándole que las constelaciones lo pueden sumergir en el abismo marino y que aprenderá más en la oscuridad que en pizarrones. Esa sensación la querrá repetir mil veces. Estar en cualquier parte y en ninguna, lección del erizo que al ser devorado se defiende de la luz extendiendo púas en todas direcciones, y luego se funde con ella, como si el abrazo aglutinante y destructor escarbara arribas abajo y alzara abajos arriba.

Los horizontes dan vuelcos entre norte y sur, y este oeste, y lo estrenan como otro abismo entre arriba y abajo, noche y día, allá y más allá. Es un agujero, como el boquiabierto cilindro de la morena. Un túnel entre pulmones quietos y agallas inquietas.

__   Las nubes — se dice cautivado por la libertad que descubre –, esas nubes que rompen contra el viento son espuma del mar llamado cielo y escamas de la constelación del Pez volador. Es posible zambullirse en las alturas y en un par de metros explorar las profundidades sin el Nautilus ni el capitán Nemo. Y mientras más bajo, más subo. Y en la fijeza hay movimiento y caos en la armonía. Y el sol cabe en una cajita de fósforos o en una gota de agua. Y con cielo y mar como juguetes, soy peldaño y escalera. Y como sioux o apache multiplico vacas por búfalos y entre El Uvero y La Punta de la Mula coloco praderas nevadas.

Fantásticos aprendizajes de metáfora que, sin saberlo entonces, fueron las primeras lecciones de la única ciencia exacta que él trataría de conocer, acaso la única que existe: la poesía.

Pequeñas lecciones. Artesanía del poco. Saber que el milagro es que el milagro ocurra.

Tan sencillo como eso. Y tan extraño.

***

Caracas, 2 de mayo 2015

Imagen interior: Playa Uvero, de Aquí.

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someonePrint this pageDigg thisBuffer this page

About author

Artículos recientes

Dejanos un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

Colección Atocha de Literatura Hispanoamericana

6-octavio
7-yoss
8-johan
1-karelyn
4-odette