“Cuando se está lejos” un cuento (inédito) de Ariel León

“Cuando se está lejos” un cuento (inédito) de Ariel León

La tarea de evitar coetáneos tuyos que te digan quién se murió en el barrio se vuelve cada vez más difícil en el extranjero. Hay que andar con ojo avizor y en cuanto pasan algunos años, lo mejor es no andar averiguando mucho. Uno se encuentra un habanero y pregunta por el barrio y siempre terminan diciéndonos que alguien falleció

– ¿Recuerdas a Gonzalo el de la salud de hierro?, todo acabó en cáncer.

En solo diez años; Lorenzo el manco que vendía aquella galletas que sabían a tuétano del colmo. Adrián el buenazo que se casó tres veces, o Cundo el mecánico que fue a parar a la cárcel; Chevrolet o Buick, decía, lo demás es bobería. O Manuel el Bellón, que hablaba y hablaba siempre como si fuese a llegar a los setenta. Lo fácil que se deja llevar uno por el futuro; “mis años de pensión yo los pasaré tranquila en algún rinconcito”, le oímos decir hace muchos años a un vecino en la bodega, “¿en un rinconcito, estás loco?, yo me voy a vivir con mi cuñado”, le decía su prima. Catorce años más tarde un habanero nos exclama en un café de París; ¡como se lo estoy diciendo, León, muerto hace dos meses!  “¡¿Estás seguro que se trata de Manuel Sandía?!”

– El mismito Manuel, nos dicen, ¡un hombre con una familia tan numerosa para ocuparse de él en la vejez, y mira!

A los vecinos les da por morirse cuando uno se va, iba pensando yo por la calle Lebus y dos días después, saliendo del bar Lesson un hombre me reconoce en la oscuridad. Era de La Habana. Yo también lo supe enseguida a pesar de la penumbra, vivía en mi barrio. Crucé la placita lo más rápido que pude para esquivarlo pero fue en vano; “tú eres de La Habana”, escuché detrás de mí como un balazo de afecto.

– Yo soy Ismael, vivíamos en la misma calle, me dijo.

Así empiezan todos. Y uno confiado, por nostalgia, se pone a hablar de fulano, qué fue de la vida de mengano, y sin darse cuenta sigue conectando un nombre con otro hasta formar una cadena, cuando se llega al último eslabón hacemos la pregunta que no se debe y nos salta un cadáver a la cara.

“Pago yo el café”, dijo él, y yo que mejor para otro día porque estaba apurado, pero no sirvió. “Entonces te acompaño hasta la avenida”. Si le das tiempo, pensé enseguida, te va a decir que alguien se volvió a morir en el barrio. Se había ido hace poco y estaba en pleno ajetreo de la alegría

– no sé si me quedo o me voy para otro lugar.

Se dio unos tragos, me dije. Por ahora solo se trata de la llegada, pensé, pero si no llego rápido a la avenida Jean me va a soltar lo del muerto. La rue Semié estaba más oscura que nunca, llegando a la rue Solin le propuse que cortáramos por la rue Miels. Por ahí, pensé, se puede evitar la oscuridad y la noticia te llegará bajo la luz de algún farol. Después de tantos años en París tengo cierta experiencia en esto de escuchar por boca de un habanero recién llegado el otro vecino que se murió, parece solo un detalle, pero con luz la cosa suena distinto cuando se está en invierno. Apuré el paso pero el tipo lo notó. Que por qué tanto apuro si ya casi estábamos llegando, le escuché decir en la oscuridad. Era por el tiempo, le dije esperando el anuncio del fallecido de un momento a otro. “Yo doblo aquí”, le propuse. Él en cambio tomaba por la rue Dijel, me soltó de golpe. Suspiré de alivio y le di la mano enseguida para despedirnos. “Pero antes debo decirte algo”, y me puso la suya en el hombro. Lo que esperaba, pensé, “déjalo para otro día, Ismael”.

– Manuelita Saumel, me dijo, la más linda de las hermanas ¿la recuerdas?

Con sus sandalias amarillas, su casa arreglada todo el tiempo y tan buena con su marido que era un pan; no sé si la recuerdas, insistió

– como si estuviese viva, me adelanté.

“Así es la vida, León”, y ahí nos despedimos.

***

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