“El Inodoro de los Pájaros” (un capítulo de la novela inédita) por Raúl Ortega Alfonso

“El Inodoro de los Pájaros” (un capítulo de la novela inédita) por Raúl Ortega Alfonso

II

<span style=”font-size: x-small;”>…además de la física, existe otra vejez más cabrona:</span>

<span style=”font-size: x-small;”>el abandono; no tener a nadie entre las ganas de abrazar</span>

<span style=”font-size: x-small;”> y las cuatro paredes que te encierran.</span>

<span style=”font-size: x-small;”> El Viejo</span>

¿Acariciar a una mujer es la única manera que tiene el hombre para ofender al Tiempo? Ahora, después de tantos años, el Viejo entendía que sí, lo asumía. Por eso sintió lástima de sí mismo cuando una de las vidrieras de la tienda de zapatos por donde tenía que pasar, mientras caminaba hacia el parque, le devolvió su imagen. Siempre pensó que pasar de los sesenta años era una edad infame, asquerosa…, un bochorno, sobre todo cuando el agujero de la soledad que deja una mujer cuando se va no se te despega ni para ir al baño. Y ahí, creía él, era cuando entraba el suicidio: no como una forma de demostrarle al mismísimo Dios que nada existía, sino que más bien se trataba de un deber social, higiénico-sanitario, como si uno mismo comprendiera, sintiera: <i>ya, es hora de cancelar tu permiso de circulación, afeas la ciudad con tu presencia. </i>Es lamentable salir a la calle y ofender a los demás con esa imagen de decrepitud, de desamparo. Deberían de inventar una bomba que sólo matara a los viejos para demostrar qué higiénico y saludable podría parecer el mundo, o, de lo contrario, deberían de existir carros jaula para recoger la soledad de los viejos, como se recogían en décadas pasadas a los perros callejeros. No entiende cómo aún hay gente que puede acuñar frases tan estúpidas: “La vejez hay que llevarla con dignidad”. Bueno, claro, si dignidad quiere decir crecer hacia la tierra; contemplar con unas horas de antelación el montón de polvo en el cual se convertirá nuestros huesos; ser el babero de un nieto que a lo mejor nunca conocerá a su verdadero padre; hacer los mandados del mercado; acariciar el asco como una virtud; festejar la burla del tiempo como si te celebraran un nuevo cumpleaños; en fin, darle el culo a la muerte, entonces sí estaba de acuerdo. Que no le fueran a venir con cuentos ni frases de político en campaña electoral: “Asegurar la vejez”. ¿Asegurar qué? ¿Únicamente la asquerosidad de convertirse en el inodoro de los pájaros sentado en el banco de un parque que, de seguro, estará situado frente a una de esas escuelas donde estudian las adolescentes, y la baba goteando desde las comisuras agrietadas ante el temblor de los senos que son, al final, los que marcan la respiración del planeta? Ah, que no lo vengan a joder: “La calvicie junto con la vejez son signos de veneración y sabiduría<i>”</i>. Sabio es el tiempo, ¡qué coño!, que parece un ginecólogo obsesionado mientras le hace un aborto eterno a la naturaleza del hombre. En esa mañana del trece de marzo (día del cumpleaños de la Rana) miró en derredor y, hasta donde podía distinguir sus ojos ―detrás de los gruesos cristales de los lentes―, contó uno, dos, tres…, siete viejos, incluyéndose él, sentados en el parque, donde, según su teoría, se cumple el ciclo, prácticamente, de esa cosa que nos empeñamos en llamar vida: aquí los niños orinan, defecan con el consentimiento de los padres; los amantes se besan, se hurgan, fornican (también se traicionan) consentidos por el deseo, y los pájaros cagan sobre la calvicie de los viejos, consentidos por la impotencia. Y si él era partidario del suicidio de los viejos como medida higiénica. Y si él abominaba pasar de los sesenta años, ¿por qué no terminaba de ser consecuente y se mataba? Primero, porque le faltaban los huevos para hacerlo; segundo, porque hasta ahora no se había sentido viejo, ni había comprendido que, además de la física, existe otra vejez más cabrona: el abandono; no tener a nadie entre las ganas de abrazar y las cuatro paredes que te encierran. <i>Uno tiene la edad de la mujer que ama</i>, sí, es cierto lo que dijo Grouch Marx. Él nunca tuvo sesenta y siete porque su Rana tenía casi la mitad, porque cada vez que esas tetas temblaban encima de él, desaparecían sus arrugas, sus achaques; porque de tan sólo imaginarse que él podía tener en la boca esos pezones, esas aréolas como dibujadas con tierra humedecida, se le ponía la tranca como si tuviera veinte años, y se reía y bailaba y se masturbaba y escribía y hasta dormía; él, el eterno insomne roncaba a piernas sueltas cuando su Rana se le quedaba dormida sobre el pecho. Ahora es que tiene sesenta y siete, ciento treinta y cuatro años de plomo y se da cuenta de que nada puede hacer contra esa vejez que le abochorna, y que todas esas ganas de vivir, cuando ya era prácticamente un cadáver, se la insuflaba sólo ella.

¿Por qué no pudo retenerla?, se pregunta el Viejo, y él mismo se reprocha: y después tienes el descaro de creerte escritor, de mostrarte inteligente ante los demás, cuando nunca has tenido ni una pizca de racionalidad para que tu vida cotidiana deje de convertirse en un desastre. De qué te sirve inventar personajes si no eres capaz de inventarte tú mismo para acomodar tu cuerpo en el estrecho cajón del tiempo que te tocó vivir. Un impostor, eso es lo que eres: un viejo y un impostor.

Ahí fue a sentarse, en el mismo banco donde la besó tantas veces. Sacó del abrigo el mismo periódico, lo abrió y antepuso a la página amarillenta la misma foto de ella: la frente ancha, el pelo recogido en una trenza (él sabía que suelto le llegaba a media espalda de su desnudez); los ojos ―y esa mirada inconforme― como si se le quisieran salir de las órbitas, los pómulos salientes ―¿cómo debían de tenerlos sus ancestros?―, la boca grande, y esa expresión de desamparo en el rostro: gorrión machacado por la lluvia, que intenta volar pero no puede. ¿Alguna vez la vio reírse de verdad, así, como debe de sonar la carcajada de verdad? No lo recuerda. Después fijó la vista en esos pechos (ocultos tras la blusa barata) que él se sabía de memoria y se metió la mano en el desfondado bolsillo derecho y comenzó a tocarse, sin una sola expresión en el rostro, auxiliado por el silencio de la resignación, con movimientos casi imperceptibles, como si no quisiera ofender a su diosa, como si se tratara de una ofrenda a ella, a esa mujer que nadie, ni siquiera las ganas de morirse podía desprendérsela del cerebro, pero todo terminó en el intento porque ya no le quedaban fuerzas ni para masturbarse. “La Rana, coño, mi Rana”, pensó, y con la misma mano trató de limpiarse dos o tres gotas de lástima que, acumuladas en los ojos, se preparaban para bajar por las arrugas. Sí, el amor es la única manera que tiene el hombre para ofender al tiempo, ahora el Viejo lo asumía, pero, ¿quién puede amar a un viejo de la forma en que su memoria sabe que lo amaron cuando aún no era viejo?: nadie.

Al poco rato llegaron ellos con su escándalo y esa pelotica que tanto odiaba. “Se acabó la tranquilidad”, pensó el Viejo. “Mal rayo les parta”. En un área cercada, como a veinte metros de donde el Viejo tenía su banco, estaba el terreno que utilizaban los muchachos para jugar fútbol. Ahora, como siempre, cuando pasara por su lado, el que cargaba la pelota, el que parecía el líder del grupo, lanzaría la misma burla contra el Viejo, seguido de la risa de los dos muchachos que lo seguían: “Ándele, ruco, anímese, nos echamos una cascarita, nos falta uno”. Y el Viejo: “Gracias, son ustedes muy amables”. Y por dentro: “por qué no invitas a tu madre, cabrón. Ojalá que se les parta una pata”. Deberían de inventar una bomba que sólo mate a los futbolistas para demostrar cuán inteligente podría volverse el mundo si la gente no ocupara todos los días de su vida en pensar y observar cómo se patea una pelotica.

***

<span style=”font-size: x-small;”>Fragmento de la novela inédita  <b><i>El inodoro de los pájaros</i></b></span>

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