“Entrevista a Raúl Ortega Alfonso, Premio Ediciones B & Playboy de Novela Latinoamericana 2013”

“Entrevista a Raúl Ortega Alfonso, Premio Ediciones B & Playboy de Novela Latinoamericana 2013”

Revista Cirrosis: ¿Cuándo y cómo fue que decidiste ser escritor?

Raúl Ortega Alfonso: Nadie puede decidir que va a ser escritor. Es un proceso largo y misterioso como el de conquistar la imposibilidad de una mujer. Uno puede decidir convertirse en el mejor cirujano cardiovascular del mundo, y lograrlo, pero la creación no admite esas decisiones. No depende de lo racional. Quizás desde Baudelaire hasta Cioran ya se haya convertido en un tópico relacionar al escritor con un ser maldito, incluso con un asesino. Pero las comparaciones no están muy lejos que digamos. No te conviertes en criminal de la noche a la mañana: detrás de tu primer asesinato hay una historia, un rencor, un sobresalto, una obsesión, un pez que está fuera del agua, boqueando, tratando de respirar un oxígeno que no le sirve, y no le queda otro remedio que respirar por las palabras. La punzada del garabato como la única solución. Yo empecé a escribir como casi todos: porque me abandonó una mujer; después, como es lógico, siguieron abandonándome, pero la poesía, hasta ahora, sigue conmigo. Un día también se puede marchar, pero ya la partida no te deja el rencor como herencia, sino el agradecimiento, el privilegio de haberla acariciado.

Revista Cirrosis: Escribes poesía y narrativa, ¿en cuál género te sientes mejor y por qué?

ROA: Mi narrativa es la continuación de mi poética. No hay diferencias. Ambas se nutren de las mismas obsesiones. Desde sus inicios la novela nunca ha podido prescindir de la poesía, y no me refiero solamente a la utilización de los tropos en el discurso narrativo, sino en la concepción y en el sabor de boca que nos deja la historia que se cuenta: La novela El viejo y el mar, de Hemingway, es uno de los grandes poemas épicos del siglo XX. El poeta siempre será ese viejo empecinado luchando contra el gran pez que al final vence, pero que después los tiburones le arrebatan. El triunfo del fracaso: esa es la literatura; llámese verso o párrafo. “Estoy acostado como una estrella enferma esperando que se extinga la luz”, dice Henry Miller en Trópico de Capricornio. La poesía es el feto de la novela. Quizás haga esta afirmación tan categórica porque mis poemas casi siempre son pequeños cuentos. Puedo decir a mi favor que se me alargaron las historias.

RC: ¿De dónde surgen las ideas para escribir y cómo las aterrizas?

ROA: La poesía sigue siendo esa mujer de agua o de arena que te sale al encuentro en el lugar menos inesperado: o te da de beber o te escupe en el rostro su indiferencia. Eres poeta no porque seas diferente de los demás, sino porque tienes la habilidad de atrapar ese gesto. Después te sientas y pasas al papel el poema que ya habías escrito y entonces puedes leer que ella tenía “los ojos como dos quemaduras en mi camisa”, según dijo el poeta cubano Fayad Jamís. En mi caso la novela parte casi siempre de un fogonazo que me obliga a sentarme, a buscar un narrador, quizás a investigar, a demostrarle al lector que no le estoy mintiendo aunque por supuesto sea mentira lo que le estoy contando. En mi novela inédita Salón para menstruar en paz, un pintor (en primera persona) trata de demostrarle al mundo que una mujer hermosa puede cagar sin peste. No sé si lo logré, pero ese era mi propósito.

RC: ¿Cómo es el proceso creativo cuando escribes una novela, desde que surge la idea hasta que ves tu trabajo publicado en libro?

ROA: Creo que esta pregunta está relacionada con la anterior: uno no se puede sentir poeta o narrador aunque publique y sea reconocido como tal. Esa duda encierra la vitalidad de tu escritura. Si te lo crees estás muerto. Te faltas el respeto a ti mismo y a los demás; pero contrario a todo lo que dije, también tienes que confiar en ti para que tus personajes te respeten como padre, y el lector los adopte, y los odie o acaricie como hijos. El proceso creativo está impregnado de la incertidumbre de si podrás contar lo que quieres contar, de buscar la manera, el cómo (algunos estudiosos lo llaman “el punto de vista”, “el tono narrativo…”). Lo que sí me queda claro es que la esquizofrenia es parte de la escritura porque no solo escuchas las voces en tu cabeza sino que tienes el deber de acomodar la gritería. Para lograrlo necesitas tiempo y silencio. Insistir es la palabra clave que te dará el éxito que no tendrás. Y repito insistir e insistir porque yo terminé mi primera novela en 1994 en Cuba, y logré que una editorial mexicana me la publicara en 2013. Podrás deducir de mi respuesta a tu pregunta que nada pude decir sobre el proceso creativo.

RC: Sé que eres mexicano por naturalización y que llevas casi veinte años viviendo en nuestro país, pero siendo originario de Cuba: se ha hablado de los “escritores dentro de la isla” y los “escritores fuera de la isla”, ¿prevalece actualmente esta diferencia y por qué?

ROA: Parecería fácil pero es una pregunta difícil de contestar y que amerita un gran espacio, por lo que seré breve. Tendría que hacerte una breve introducción que intente situarte en el contexto histórico-social que dio lugar a esta triste y vergonzosa clasificación de escritores dentro y fuera de la isla. Nací en 1960, un año antes de que los hermanos Castros entraran en La Habana y tomaran el poder por las armas. Soy hijo de la estafa más grande del siglo XX. No sé si son dignos de lástima o de repudio quienes a estas alturas siguen creyendo que existió la “Revolución Cubana” y que el ‘Che’ era un héroe, y no el asesino que fusiló a cientos y cientos de cubanos en los fosos de la fortaleza de La Cabaña en los primeros años de la década del sesenta, acusados solamente de disentir, de pensar diferente. Antes, con el cerco de la información desatada por la dictadura de los Castro, que no permitía que saliera o entrara la información que a ellos no les convenía, se podría justificar en algo la ignorancia de muchas personas que defendían a Cuba y su régimen después de 1959. Ahora no. En la gran ventana de internet, por la que cualquier ser humano con deseos de saber puede asomarse al mundo con solo apretar un par de teclas, están los testimonios de las víctimas de una de las dictaduras más crueles y aplaudidas que aún hoy, después de medio siglo, sigue contando con la aprobación de medio mundo incluyendo la Unión Europea, donde se supone que se mece la cuna de la civilización y la democracia. En cualquiera de los buscadores de internet, pongan las palabras: “Damas de Blanco”, y verán cómo se trata a las mujeres cubanas bajo el régimen autoritario de los Castro. Y que la retrograda y acomodada izquierda mexicana no me venga con la misma cantaleta del cuento del bloqueo que Estados Unidos sostiene contra la isla porque hace muchos años que ese país es el primer exportador de granos hacia la isla (en la política todo es negocio y ni a los gringos ni a los Castro les interesa el pueblo de Cuba), y los hijos y nietos de los generales que rigen los destinos de la isla hoy día son millonarios y dueños de infinitos negocios regados por todos los rincones del planeta. Qué gran educación y cultura la del pueblo cubano cuando los Castro borraron del mapa de la literatura cubana a todos los escritores y artistas que se fueron del país porque sencillamente no estaban de acuerdo con las doctrinas de sometimiento que trataban de imponer y que de cierto modo impusieron a todos los niveles. Mi generación y la que vino después y la que siguió… tuvimos que leer a escondidas, y en ediciones que forrábamos con papel periódico a escritores fundamentales de nuestra tradición literaria moderna como Lino Novás Calvo, Enrique Labrador Ruiz, Carlos Montenegro, Rene Ariza, Nivaria Tejera, Jorge Mañach, Lidia Cabrera, Calvert Casey, Severo Sarduy, Gastón Baquero, Antonio Benitez Rojo, Ramón Ferreira, Leví Marrero, Lorenzo García Vega, Heberto Padilla, Belkis Cuza Malé…; o redescubrir a los poetas y narradores agrupados en el proyecto literario El Puente, quienes fueron borrados del mapa literario, y después le siguieron Guillermo Cabrera Infante y Reinaldo Arena, y Carlos A. Díaz Barrios y Reinaldo García Ramos y los hermanos Abreu y Guillermo Rosales… y todo aquel que se atreviera a cruzar la alambrada de agua. Porque osaron levantar la voz en contra de la todopoderosa “Revolución Cubana” tuvimos que leer a escondidas a Octavio Paz, a Jorge Luis Borges, a Mario Vargas Llosa… Y la lista de los autores prohibidos se extendía según “avanzaba el desarrollo de una sociedad justa”. Aunque muy pronto pasamos a ser una colonia de los soviéticos, no podíamos ni soñar con leer a los poetas rusos del acmeísmo; ni Aleksandr Solzhenitsyn, autor de Archipiélago gulag; tampoco a los autores franceses como Céline, Boris Vian, Jean Genet…, y ni pensar en los poetas norteamericanos como Ezra Pound o a los de la Generación Beat. Mucho realismo socialista, mucho Máximo Gorki y después Gabriel García Márquez. El mundo entero se escandalizó y reaccionó contra el poeta Ezra Pound cuando fue acusado, encerrado en una jaula y sentenciado por la Corte Suprema de los Estados Unidos por su colaboración como propagandista a favor de Benito Mussolini y el fascismo, pero casi nadie critica que el autor de Cien años de soledad haya sido uno de los grandes lamebotas del dictador Fidel Castro. Hoy día la lista de los escritores cubanos prohibidos en la isla sería interminable, y más vergonzosa aún que fueron encarcelados y silenciados editorialmente no sólo los que tuvieron que exiliarse, sino también quienes decidieron quedarse como el poeta Rafael Alcides, por tan solo mencionar a uno de los grandes poetas cubanos. Ahora con mucha prisa y pidiéndote que me perdones el teque, te respondo la pregunta: sí, por un decreto político-dictatorial existe la división de los escritores que están dentro de la isla y los que, exiliados, escriben fuera de ella, pero la literatura cubana es una sola, pésele a quien le pese.

RC: Qué piensas de la literatura que se hace actualmente en Cuba y la que se hace fuera de Cuba. En suma, ¿cómo ves el panorama de las letras latinoamericanas?

ROA: Dentro de la isla hay escritoras formidables como Ena Lucía Portela, Ana Lidia Vega Serova… El escritor cubano Orlando Luis Pardo acaba de publicar en 2013 una antología de narrativa cubana (Literatura Emergente. Generación Año Cero) donde aparecen dieciséis autores que comienzan a publicar sus textos a partir del año 2000. Autoras como Lia Villares, Lien Carrazana Lau, Lizabel Mónica, Polina Martínez Shviétsova, Jhortensia Espineta Osuna…, me hacen creer que se sigue escribiendo de verdad dentro de la isla a pesar de la censura y el desastre económico.

RC: ¿Todas son mujeres?

ROA: No, para nada, en la antología, como siempre ocurre, los nombres masculinos superan a los femeninos; pero la literatura está escrita por las mujeres; después vienen los hombres y la plagian, y son ellos quienes se llevan los premios y reconocimiento.

Fuera de Cuba continúan escribiendo su obra Marielena Cruz Varela, Zoé Valdés, Damaris Calderón, Chely Lima, Daína Chaviano, Minerva Salado, Rita Martín, María Elena Hernández Caballero, Odette Alonso, Karla Suárez, Teresa Dovalpage, Sonia Díaz Corrales… Ninguna de las torres que levantan tanto el insilio como el exilio puede impedir que la literatura salga por sus ventanas aunque estas permanezcan tapiadas por los intereses extraliterarios. Los gritos son como las cucarachas, caben por cualquier rendija.

En cuanto a la literatura latinoamericana: acabo de terminar de leer La fila india, del mexicano Antonio Ortuño, y me quito el sombrero. Mientras se escriban libros como ese, nada podrán hacer los políticos (los enemigos más encarnizados de la creación artística) contra la excelente salud de los escritores latinoamericanos.

RC: ¿Qué buscas como escritor?

ROA: En primer lugar rendir mi homenaje, mi homenaje incondicional a la mujer, que en mi caso representa también la palabra; en segundo: no quedarme callado ante el cubo de mierda que me tira a diario el mundo sobre la cabeza.

RC: ¿Cuáles son las motivaciones más íntimas que te impulsan a escribir?

ROA: Con la respuesta de la pregunta anterior creo que queda respondida esta.

RC: ¿Cuáles son tus virtudes como escritor?

Los escritores y poetas no tienen virtudes: solo defectos, al no ser que el fracaso sea una virtud. Se escribe sobre los fracasos no sobre el triunfo; lo demás son libritos para enseñar a cocinar a las mujeres que se maquillan aun debajo de la ducha; cómics para el pueblo con síndrome de Down; pajas mentales; la cola del pavorreal pintada con una brocha gorda.

RC: ¿Y tus vicios (como escritor)?

ROA: El vicio del escritor es la palabra; en cuanto a los otros: no fumo, no tomo café y ya no bebo. Cuando bebía me tomé hasta la presión —como dice el poeta Marqués Ravelo— y, como consecuencia, tengo problemas en el hígado. Ahora solo me comporto como Marguerite Duras: si tengo un plato sucio en la cocina no puedo empezar a escribir.

RC: Cómo es un día de trabajo para ti (desde que despiertas hasta que te duermes otra vez).

ROA: A veces tengo trabajo como corrector de estilo, o le doy clases de español a los extranjeros, pero me considero un ama de casa. Después de vivir por más de doce años en el D.F. (el valle de la Diarrea Feliz), donde desempeñé distintos oficios —desde barman hasta profesor universitario—, me mudé para el paraíso de la Riviera Maya. Estoy casado con una excelente poeta mexicana y tengo una hija de cinco años que me recuerda cada día cómo cometí la estupidez y la irresponsabilidad de traer la inocencia al mundo en medio de un país que está en guerra (y lo más triste es que la gente no lo acepta y que es una guerra perdida). Con cincuenta y cinco años en las costillas, flaco, desgarbado, canoso, calvo, con cara de pajuso enfermizo y un botón que tengo que apretar debajo de la tetilla izquierda cada vez que intento reírme, soy un candidato ideal para ser un desempleado en la Riviera Maya. El turismo se alimenta de la sonrisa, aunque sea fingida, y es un vampiro que succiona la sangre de los jóvenes. Me levanto a la cinco de la mañana, y escribo hasta las siete; hay días que no me sale nada, pero me siento. Levanto a mi hija y la visto para la escuela; le preparo su merienda, y el desayuno a mi esposa, que sí consiguió trabajo porque le llevo veinticuatro años y tiene una sonrisa de hotel cinco estrellas. Llevo a mi hija en bicicleta como si me creyera Henry Miller en el París de los años treinta; regreso y me siento otra vez. Si no me sale nada, me voy al mar: mi novio, mi amante, mi gran destupidor. Nado, corro, desayuno la fruta que me traje. Escribo a mano en una libreta rayada; después, en la casa, paso a la computadora. Regreso como a las doce y hago el almuerzo, y a la una y media de la tarde vuelvo a pedalear en busca de mi hija. Le sirvo la comida; también a mi mujer que viene del trabajo como a las dos a comer; después lavo, limpio…, juego con mi hija a las casitas; la ayudo a hacer la tarea, la llevo al parque, o la piscina, la baño…, en fin todo lo que hace un ama de casa.

Casi siempre después que mis dos mujeres ya están dormidas, aprovecho y leo hasta las doce, o la una o paso en limpio lo que escribí en la libreta. Duermo poco. Ya habrá tiempo para dormir cuando llegue la muerte.

RC: ¿Qué escritores son los que más te han influenciado y cuáles son tus libros de cabecera?

ROA: Las influencias, cuando son benignas, casi siempre están dadas por el cúmulo de lecturas que tiene el escritor. Cuando son malignas uno se convierte en un epígono, como le ocurre a Isabel Allende aunque el éxito de sus libros me desmienta. Si alguna virtud tiene mi poética es que camina con voz propia; buena o mala, pero es mía. Pero nadie, si es honesto, se salva de las influencias. En el año 2000 me mudé unos años a Miami por cuestiones de trabajo, y allí descubrí a un gran narrador y poeta cubano (además de pintor y ensayista), del cual desconocía por completo su existencia y su literatura: Carlos A. Díaz Barrios se llama mi amigo, que tiene más de treinta libros publicados por él mismo en su editorial La Torre de Papel; sin contar que obtuvo el “Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez”, y “Premio Letras de Oro de Novela”. Mientras leía deslumbrado todos los libros que me prestó y regaló, pude constatar que todo lo que yo había escrito estaba influido por esa otra poética que hasta ese momento me era desconocida. Uno de sus poemarios, Canción del emigrante, es uno de mis libros de cabecera; los otros son las biografías de algunos narradores, poetas, músicos, filósofos y pintores… También en mi peregrinar cargo con un libro que me ha acompañado a todas partes y aún permanece conmigo como una almohada: Historia de la mierda, del francés Dominique Laporte. Puede que muchos opinen que no es un gran libro, pero su título me recuerda al verdadero legado que va dejando el hombre.

No voy a negarte que me hubiese gustado escribir dos libros; el primero fue un bestseller, pero no por eso deja de ser un clásico: El perfume, de Patrick Süskind, el erotismo llevado a su máxima expresión, donde el asesinato se convierte en arte (nada que ver con la película); y el ensayo La llama doble, del Premio Nobel mexicano.

RC: La novela con la cual obtuviste el premio lleva por título La vida es de mentira: ¿si la vida es mentira, entonces vivir es mentir?

ROA: Todo lo que el hombre dice es mentira. La verdad es como Dios: la mayoría dice que existe pero nadie lo ha visto. El amor comienza y termina con la estafa. Uno, para conquistar a una mujer no puede decirle en la primera cita todo lo que de verdad piensa de ella ni de sí mismo. Al final de una relación el reproche más común que se escucha es el de “me engañaste, yo pensé que tú eras de otro modo. Me siento estafado(a)”.

El odio que el hombre siente contra el hombre es el único sentimiento que encierra la verdad; ah, y la certeza de la muerte.

RC: ¿Qué significa para ti haber obtenido el Segundo Premio Ediciones B & Playboy de Novela Latinoamericana 2013?

ROA: Ya sabemos que los premios casi siempre los reciben quienes no los merecen. El año pasado le dieron el “Cervantes” a Elena Poniatowska por el valor, según dicen, de una obra que esa señora ha escrito. ¿Por qué nunca se lo dieron a la verdadera Elena de la literatura mexicana —la de la garra, a Elena Garro—, antes que muriera olvidada por todos en su Cuernavaca de 1998? El mes pasado acaba de morir en la mayor soledad de las soledades —tanta qué no había nadie a quién preguntarle qué iban a hacer con el cadáver—, uno de los grandes poetas de la lengua. ¿Por qué no le dieron el “Nobel” de las letras españolas a Leopoldo María Panero? Ah, porque dijo que la que estaba loca era España y no él. Cuánta razón la del vidente que tildaban de loco.

No estoy diciendo que merezco este premio ni cualquier otro. Con un poco de suerte, y teniendo la honestidad intelectual de un jurado, decidieron premiar una novela que, por su irreverencia, sería atípica en un concurso. Lo agradezco. Conozco la obra de Alberto Chimal y Beatriz Rivas y ambas merecen mi respeto. Lo otro que me favoreció, pienso, es que estaba dotado con poco dinero y, por lo mismo, solo estaban concursando ochenta y pico de novelas. Es un premio más bien mediático. A mí me satisface de tan solo pensar en la tradición literaria que poco a poco fue apareciendo en la edición de la Playboy original, donde colaboraron desde los escritores de la “Generación Perdida”, hasta el autor de Lolita. Con esos cincuenta mil pesitos pagué las pocas deudas que teníamos, y el exagerado y abusivo monto de la inscripción y colegiatura de mi hija en una escuela privada. Qué más quisiera yo que estudiara en una escuela pública, de esas que el gobierno se llena la boca para decir que existen, pero ya sabemos que ahí los maestros solo enseñan el arte de hacer huelgas y como asignatura principal imparten la barbarie.

RC: ¿Para ti qué es la pornografía?

ROA: El empeño del hombre en afirmar que seguimos siendo animales. Lo único que diferencia al ser humano de una hiena es el erotismo.

RC: Qué tal tu vida en el caribe mexicano. ¿Por qué decidiste venirte a vivir a Playa del Carmen? ¿Es buen sitio para escribir?

ROA: Yo estoy aquí por el mar. Los pueblos y las ciudades —como debiera ser— no pertenecen a la gente que los habita, sino a la puercada de los políticos y su chiquero de poder; en el caso de México, y me duele como a muchos, los políticos comparten su feudo con los narcos, quienes se han adueñado del país ante la complicidad y la indiferencia de la llamada democracia. Yo estoy aquí por el mar. Tengo que imaginar que debe existir, para no volverme loco, algún centímetro cúbico de agua donde uno pueda respirar y escribir con algo de sosiego. Qué lindo quedó el gran teatro que las autoridades construyeron en Playa del Carmen. Es otro aporte a la cultura, otra ruina maya que exhibe su esqueleto oxidado porque alguien se robó el presupuesto que asignaron para terminarlo.

El mar es la burbuja que queda del oxígeno. Me salva como si fuera la sonrisa de mi hija.

RC: ¿En qué proyectos trabajas actualmente?

ROA: Acabo de terminar un libro de poemas que se llama El caballo no tiene zapatos, que gira alrededor de una pregunta de mi hija cuando tenía tres años mientras juntos mirábamos a un caballo comer hierba: “Papá, Papá, por qué el caballo no tiene zapatos”. “Bueno…, digamos que porque es bueno y ayuda a los demás”. “¿Y por qué tú sí tienes zapatos?” “Porque yo soy un hombre, hija mía, porque yo soy un hombre.”

Y estoy terminando una novela. Pero por ahora lo más importante es enseñar a mi hija a montar bicicleta.

RC: ¿Qué recomiendas a quien quiere ser escritor?

ROA: Hay que fornicar hasta el cansancio; leer hasta el agotamiento, y escribir todo lo que se te ocurra hasta desfallecer. Estoy seguro de que esa es la fórmula, aunque a mí no me hagan mucho caso porque no me ha dado muy buenos resultados.

***

Esta entrevista ha sido publicada con el consentimiento del autor.

Entrevista realizada por la revista de arte y literatura Cirrosis, al poeta y narrador cubano Raúl Ortega Alfonso después de obtener el reciente: Premio Ediciones B & Playboy de Novela Latinoamericana 2013.

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