“Érase una vez” por Octavio Armand

“Érase una vez” por Octavio Armand

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Olivier y María Corina nos invitaron a París y Estambul, ofreciendo techo, cama, mesa de primera, vino ídem y espirales de humo quisqueyano, cortesía de la tabacalera León Jiménez, pues entonces O era gerente de la Philip Morris en Turquía.

Julia Cecilia y Violeta no vacilaron ni un instante para decirle sí a la venezolana y casi gritarle oui al francés, montándose sin preámbulos en el proyecto que no más insinuado les provocó un extraño cosquilleo en los hombros, donde pronto lucieron, ovidianas y trotamundos, alas concurrentes y despegue de 707.

A mí me tomó un par de años la metamorfosis, quizá porque me he acostumbrado a viajar en el tiempo. Con puntualidad de Patek-Philippe y geología, y sin aparente riesgo para mi hija, rijo como Cronos los siglos vertiginosos y las lentísimas horas del instante que soy. Me sobra el tiempo que me falta. Me bastan las sombras de la realidad, sueños y metáforas que conjugo en cualquier verbo para no abandonar la crisálida de mis costumbres y mis cuatro paredes.

No exagero: la decisión me tomó un par de años. Al fin, cedí. Vicioso círculo sin solución de continuidad, me entregué anticipadamente al vino y al humo que le darían mayor misterio a las noches otomanas; como buen diente sucumbí a las comprobadas y siempre cumplidas promesas culinarias de María Corina — sabrosas y de amplio registro, que además cuentan con la vinagreta de Olivier para las cenas y sus oeufs à la coque con caviar para el desayuno; pero sobre todo, como un niño, me rendí al afecto.

Fue así como el trío familiar, ellas alas y yo espirales, zarpamos en septiembre del 2004 hacia el Sena y el Bósforo para encontrarnos con el quinteto turco, ya que entonces, además de sus dos hijos, Inés y Axel, la pareja rimaba con un perro bautizado León por el irreverente Olivier, que con ese nombre transformaba al canino en felino y de paso recordaba al abuelo materno, Henri Léon, aunque no, o no de buena gana, al no menos leonino Trotsky, de quien fuera abogado su abuelastro paterno, Gérard Rosenthal.

Ahora nos hemos vuelto a reencontrar en Caracas, donde O y Eme Ce se han repatriado por unos meses.

__   ¿Acaso has venido para rendirle homenaje a Rimbaud por aquello de la temporada en el infierno?, pregunté al bibliófilo durante el abrazo de bienvenida, que le daba una vuelta al francés en ochenta sílabas.

__   No. Busco un manuscrito perdido de Carroll: Malicia en el país de las pesadillas.

__   El galo llega de regalo y envuelto en María Corina, subrayé con mimos a M C, iniciales sajonas de Eme Ce cuando funge de anfitriona.

Con los ex turcos y ex rusos, pues de Turquía el ex gerente pasó a la ex Unión Soviética, hemos coronado nuevas galas con antiguos platos, copas y espirales, y también conversaciones, esas escaleras que dan a la amistad peldaños de ahora y siempre.

Ayer O y O se multiplicaron de negro en las vocales de Rimbaud, enfrascándose en una conversa de varias horas, que comenzó a ritmo de joropo y minué con punta trasera y chateaubriand béarnaise en un restaurante caraqueño y terminó con buen humo y aun mejor humor en el parque de Santa Rosa de Lima.

Al evocar las jornadas otomanas, O me preguntó:

__  ¿Que es lo que más recuerdas de Estambul?

__  Los cocuyos del Bósforo, los barquitos que pasaban entre Europa y Asia con las luces prendidas, como si adivinaran en la oscuridad dos noches simultáneas, mientras en tu balcón nosotros inventábamos una tercera noche para las pupilas, que allí eran gotas de tinta; las murallas de Teodosio, barcas de piedra ancladas frente a dos mares; el Gran Bazar, donde entre los mercaderes de alfombras reconocí a Epiménides cuando me garantizó con una enorme sonrisa que él engañaba menos; los enormes y espléndidos sarcófagos del Museo de Historia, con guerreros tallados y pintados en altorrelieve por los cuatro costados, tan firmes y combativos todavía en los restos de pintura que le dan piel y bronce al mármol, que parecen aun más vivos que los muertos a quienes protegen; y sobre todo, O, la infinita pequeñez de mi o bajo las bóvedas de Aya Sofía y de Yerebatan Sarayi, donde sentí muerte y resurrección. Pero no en ese orden. Viví la resurrección, luego la muerte; sentí lo naciente como memoria y lo moribundo como anhelo; sentí que solo en el pasado había vida; que yo solo estaba vivo en el pasado, y mientras más remoto ese pasado, más vivo. Porque primero estuve en la antigua catedral, luego en la cisterna que es como una catedral sumergida. Un cielo subterráneo.

En Aya Sofía la altura está arriba, es fijeza, cielo; en Yerebatan Sarayi está abajo, es corriente, agua. Ambas convidan a recorrer lo vivido como vida cumplida, y a soñar otra, incipiente, más allá de la cáscara y el mármol. En el abismo elevado y la altura enterrada caí en el tiempo. Crucé todas sus fronteras. Viví desde la muerte hasta ahora que vuelvo a morir. Comprendí entonces por qué el azul inaccesible y el abismo fueron espejos de Baudelaire. En la simetría inversa del paisaje lo atrajo una imagen que se llama fin. Es el punto de fuga que intuyó Othón: Inmensidad abajo,/ inmensidad, inmensidad arriba. Ahí estamos tú y yo como entre puntos suspensivos. Yo que ya no fui lo que soy y todavía soy lo que no fui. Y tú, O, un joven con más pasado que futuro y un anciano con más mañana que ayer. Somos la soledad que nos acompañará siempre, abajo o arriba.

***

Imagen tomada de la Web.

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