“La estela del samurai de Omar Pascual Castillo” por Jesús Malia

“La estela del samurai de Omar Pascual Castillo” por Jesús Malia

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Para matar a una oveja sólo hace falta un pensamiento, si ese pensamiento es el pensamiento de un lobo.

Versículo del refranero Yoruba

“cada paso que doy/ implica/ algo de candor/ pero también/ de arrepentimiento”, y es que la katana de este samurái está impregnada de sangre, así como su propia conciencia: “cada herida que infrinjo/ cicatriza/  con el dolor/  mordiente/ de mi carne”

Nos describe en gozo, que recito completo, algunos de sus crímenes:

gozo

hay ciertos placeres de los que ningún hombre debe privarse

el saborear la aureola de un seno febril    recién amanecido

el olor del té de jazmín en otoño

la belleza destructora de un tsunami

y el sonido de la muerte vociferado en cantos desde la profundidad del mar

la pasividad rojiza de la lava que forja una katana

el apreciar -día a día- cómo se marchita una orquídea blanca

y

            ver

                        -tras salpicarte el rostro con su sangre-

las cabezas de tus enemigos

caer.

Aunque, por otra parte, dice el poeta: “no hay nada poético en un golpe mortal/ en la nuca o la nuez de tu adversario/ justo/ en el impacto donde la danza/ acaba”.

Sed de sangre, pues, matizada, y dolor mordiente, adónde nos conducen. “he vuelto a la palabra aleccionado del dolor/ calado como una llovizna/ he vuelto para extirparlo      todo”. Para extirpar el mal, dice, recurre a la palabra, y también: “la escritura    es mi placebo/ mi katana/ el borde donde mi cuerpo se hace intangible”. Así, pues, la palabra es, además, el refugio donde nos convertimos en invulnerables. En un tercer lugar: “cuando más cristalino    soy/ cuando más frágil/ pienso en palabras para definirte/ y las palabras me salvan”.

Al igual que en la palabra,  en la memoria parece que podemos hallar redención: “pongo/ mi/ pensamiento/ en ti/ como un fragmento/ escurridizo/ del nirvana/ al que puedo/ conocer/ si cierro los ojos”. Aunque esa fortaleza es a la vez nuestra mayor debilidad: “todas las armaduras/ tienen hendijas/ fisuras/ por donde la vida se puede escapar”. Entre otras razones, porque corremos el riesgo de acercarnos a una realidad que ya no es posible, y porque cuando es anhelo, deseo…“dentro de ti    podría experimentar el nirvana/ claro está    antes…/ tendrías que dejarme entrar”.

Así, parece que es la palabra el principal medio para salvarnos.  Pero hay otro medio. Escuchen:

“el día después de un campo de batalla […] la tierra/ recibe agradecida esta miseria/ como mismo un mamífero cualquiera agradece de otro/ el ser desparasitado de incómodos insectos y alimañas […] limpia queda la tierra de su inmundicia”. De este modo, parece claro que la naturaleza está por encima de este hombre que la mancha con su sangre inútil. Si no, este otro momento: “alicatado de su propia armadura de plumas el halcón sobrepasa con creces el vuelo de la flecha    a pesar de que mis flechas están alicatadas con alguna que otra pluma suya”. Así, no es de extrañar que este samurái elija este fin para sí mismo: “¡venid/ animalillos y alimañas/ a/ devorar/ mi ser!”.

Así, no podemos estar de acuerdo con su cita inicial, más bien diríamos: Para matar a un hombre sólo hace falta un pensamiento, si ese pensamiento es el pensamiento de un hombre.

***

Palabras leídas en la librería La Marabunta en la presentación del poemario el día 19/11/2014.

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