“Octavio Armand: la covicción del cubano” por Johan Gotera

“Octavio Armand: la covicción del cubano” por Johan Gotera

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Nacer en Cuba es un festín raro, lleno de realidades extremas donde el tiempo se acelera o se espesa según las imprevistas cristalizaciones de la política. La primera visita de esa realidad la recibe Octavio Armand (Guantánamo, 1946) a los 7 años. Prolongando las páginas del libro escolar de historia, interpreta la noticia del asalto al Cuartel Moncada como otro episodio más de la guerra contra España. Pronto lo gana el asombro al comprender que la batalla ha sido entre cubanos, y pasa de ese absurdo infantil a una airada militancia antibatistiana.&nbsp; La represión sanguinaria de Batista y, después del 59,&nbsp; los fusilamientos revolucionarios, harán de la muerte una experiencia concreta. El constante aroma de la muerte haría del niño un precoz poeta civil que lee sus poemas de la ira cada viernes en el Colegio Americano.&nbsp; Primero contra Batista y luego contra lo que consideró una traición a los principios revolucionarios, sus poemas adolescentes revelaban una inconformidad inaceptable. Su familia se vería obligada a exiliarse dos veces, bajo Batista y bajo Castro, y definitivamente parte -una gente de pueblo-, a vivir y morir en una urbe extraña.

En Nueva York funda <i>escandalar </i>(1978-1983), la prestigiosa revista, y al no sentirse nunca un cubanoamericano, vive un segundo exilio al enterrarse en libros de historia cubana del siglo XIX. Sostiene una polémica con Ángel Rama a partir del artículo <i>Riesgosa navegación del escritor exiliado</i> (1978), donde el uruguayo contempla a Martí como único escritor cubano del exilio. Poco después se da el éxodo del Mariel, precisamente,&nbsp; que trae a Reinaldo Arenas, quien se comunica con Armand para respaldarlo en la polémica.&nbsp; Armand había conocido a Lorenzo García Vega a través de Julián Orbón y sostuvo con el más joven de los <i>origenistas</i> una intensa amistad que precede la obra de ambos. <i>Los años orígenes </i>(1979) fue un libro muy conversado por ellos en caminatas y fondas de Queens. Las páginas de autocrítica y la inclusión de la <i>Opereta cubana de Julián del Casal</i> en ese libro son expresas recomendaciones que García Vega acepta de su joven amigo.

Inmune al hostigamiento de la academia norteamericana fascinada por la revolución, la autonomía intelectual de Armand lo hizo adoptar cada vez más las formas de un fantasma, solitario pero invulnerable. Ser cubano se había convertido para él en vicio, sentencia y convicción. Contrapuso a Zequeira, poeta y loco, al Martí generador de identidades. Sus libros dibujaron casas de ceniza, puertas de agua y espejos sin sujeto, complejas decapitaciones de Narciso que se resumen en poemas como “Autorretrato sin mí”. A sus 67 años recuerda este&nbsp; oscuro son del 59, especie de carnaval funerario que provee la síntesis de un programa político: “<em>Pom pom pom /&nbsp; en el paredón / Aquí hay que andar derecho / o no se puede andar / aquí el que las hizo / las tiene que pagar</em>”.

Su vieja casa, consumida por la Historia, vuelve a levantarse en esta petición: “<em>Que crezca sin aldabas. / Que sea posible ser y seguir / siendo y mucho más fácil abrir / y entrar que cerrar y salir”. “La entierro y se acaba el tiempo./ La quemo para que no tengas frío</em>”.

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