Poemas de “La Soñante” Antología de Damaris Calderón Campos (Colección Atocha de Literatura Hispanoamericana)

Poemas de “La Soñante” Antología de Damaris Calderón Campos (Colección Atocha de Literatura Hispanoamericana)

RATA EN LA LECHE

La mujer dijo: Nunca lo he hecho antes.

Y yo: Será como la primera vez.

La mujer: El como está de más.

Yo: Será la primera vez.

La mujer tenía los pezones duros y fríos.

Metálicos (una bala en la boca).

Cuando la mujer se abrió de piernas se vio

un boquete profundo, de metralla. Imploraba

unos dedos para palpar la herida.

-Te pareces tanto a él. Mi perro. Mi recluta

castrado.

Tenía una jerga militar que impelía a la

obediencia ciega.

-¿ Te acuerdas de aquella película de Elizabeth

Taylor, en que ella daba vueltas y vueltas como

una rata sobre la leche y no se ahogaba? Elizabeth

Taylor, sí, esa rata con las tetas menos caídas.

Los diálogos ni siquiera son como flautas de

aire: a través de ellos no pasa nada, ni el viento.

No producen ningún sonido.
La mujer, sonora, dijo otra vez, mirando al techo:

–         Nunca lo había hecho antes. Estoy vacía y

nada me modifica.

Pude largarme o golpearla, pero me volví a tender

sobre su cuerpo lácteo, girando sobre la leche.

¿Quién pude resistirse a la blancura mezquina y

a la opresión de una bala en la boca?

**

NO OTRA COSA QUE UN HOMBRE

 

Yazaf  Matius era un pequeño judío. Ni próspero

ni codicioso, como suelen ser los judíos (o como

se cree que suelen ser los judíos).

Había tenido padre y madre antes de los campos.

Luego había aprendido a metamorfosearse, a

adquirir ese aspecto camaleónico imprescindible

para la supervivencia. No había llegado nunca

hasta el Muro de Los Lamentos a dejarle una tablilla

a Dios, aunque más de una vez se había golpeado

la cabeza contra la almohada. Caminaba de lado.
Se encorvaba. Llevaba su condición con una muestra

de pudor y orgullo.

Yazaf Matius estaba en tierra extraña (todas las tierras

son provisorias). Y no había visto nunca a Dios en

un árbol (como Blake), pero sabía que aun en él, estaba

Dios como una semilla.

Yazaf Matius quería saber por qué en los crematorios

sus padres no habían tenido la misma suerte que la

zarza de Moisés, que ardía y no se consumía. Estaba lleno

de accesos, de preguntas. Para disminuir su ardor,

paleaba nieve.

Y cuando bajaba o subía las escaleras de la casa ajena,

pensaba siempre en la escala de Jacob.

Un día no pudo más en su combate contra el ángel.

Y los que se animaron a empujar la puerta, no encontraron

otra cosa que un hombre, delirando en un yiddish rudimentario

y el régimen alimenticio de la Torá.

**  

LA INTENSIDAD

.

Eva Kruger, tenía un nombre y unas tetas

indudablemente alemanas. Un cuerpo, unos

dientes fuertes y una cabeza y unas manos

que gesticulaban con vehemencia. Un nombre

para el amor ( o para el pecado),  sin embargo, su rostro

mostraba siempre la impasibilidad de un asceta o un idiota.

No era ninguna de las dos cosas, pero

algo le faltaba: la intensidad.

La había visto en los ojos de los otros:

los hombres y las bestias, y se sentía un monstruo,

un animal sin especie definida.

Cuando se acostaba con su marido, a cuatro patas,

como veía hacerlo a los caballos en el establo,

resoplaba como una yegua. Pero era el dolor.

No la intensidad.

¿Sería la intensidad tragarse el cielo a bocanadas,

acostada en la yerba, mirando el techo de su cuarto

como si las cuatro paredes no existieran?

Y cuando se cortaba un dedo y aparecía la sangre,

pensaba: La intensidad, pero tampoco.

Ni siquiera cuando estuvo en el hospital y  las agujas

entraban y salían de su cuerpo como las enfermeras

de las habitaciones. Ni cuando le dijo a su marido:

-Pónme la mano en el cuello y le dio un ataque de asfasia,

y vinieron los doctores y el oxígeno, y ella pensaba:

“¡Qué alegría, me muero. Nunca hasta hoy respiré,

nunca hasta hoy tuve pulmones!”. Pero era una placidez,

una vehemencia alucinada, no la intensidad.

De tanto buscarla, de tanto convocarla con gestos

premeditados,  Eva Kruger se había vuelto insensible.

Lo que era peor que lisiada o anorgásmica.

-Dios mío, quítamelo todo, pero déjame sentir,

déjame sentirme.

Cuando leía a los místicos perdía literalmente la cabeza:

Santa Teresa y San Juan eran casi obscenos.

Y Santa Hildelgarda, con sus visiones. ¿Pero era

la intensidad, o era literatura?

Se le secaron las palabras, se le secó el gusto

por la vida, se le secaron las tetas, al punto

que ya no era reconocible su nacionalidad.

Cuando la encontraron con los ojos en blanco,

echando espuma por la boca, todavía no había alcanzado

a comprender la ambicionada (y detestada) frase

de Santa Catalina de Génova:

“Si una gota de lo que yo siento cayera en el infierno,

lo transformaría en el paraíso”.

**

result

***

Todos los libros de la Colección Atocha de Literatura Hispanoamericana pueden ser solicitados a las librerías Sin Tarima (www.sintarima.es) La Fugitiva (www.lafugitiva.es) La Canibal (www.lacanibal.net) Envíos garantizados, más económicos. La soñante (ISBN: 978-84-606-5470-4) Prólogo Yoandy Cabrera. Imagen de cubierta, Patssy Higuchi.

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