Tres poemas (inéditos) de Alejandro Ricagno

Tres poemas (inéditos) de Alejandro Ricagno

Soliloquio del hermano doble

                                                    

                                                     a Max

 

Mi hermano doble de la fidelidad del sol,

que siempre nos traiciona,

también está, y a su pesar, fatigado.

Me dice:

“A veces quisiera irme con los muertos.

Que se me entienda bien, quisiera. No darme

la muerte lenta o brusca.

Quisiera irme con los muertos a una vida más alta.

Por eso, y porque no pienso matarme,

cada tanto me voy lejos de esta ciudad malsana,

donde todos piden consuelo

empuñando una garra mezquina.

Me voy a los desiertos con su campanario invertido;

a las salinas infinitas donde un hombre

sólo dice las palabras necesarias. Dice; por ejemplo: “agua”

porque necesita agua. Y necesita su lengua sentir la humedad

de esa palabra.

El veneno de las ciudades me sofoca más que cualquier sol.

Si viviera en otro tiempo…

Ah; si pudiera

–me dice mi hermano doble–

elegiría aquel de los constructores de las catedrales;

los anónimos, que tras fatigas de estructuras perfectas

como músicas de órgano,

perdían el nombre porque Dios lo sabía

y sólo eso importaba.

O el de los trovadores,

el de los cátaros y su épica herejía,

el de las princesas venecianas

sin cuya presencia en las ventanas

perdían belleza góndola y canales.

O el de los cuatreros de capa negra

que sólo guardaban el puñal

frente a las astillas del cielo.

No es orgullo ni hosquedad lo que me aparta.

Es tan vasto el misterio del mundo,

el misterio de las manos en la tierra…

Como la distancia que tejen las pestañas

de una niña que vi hablar en el silencio de un mar de olivares.

Quisiera, apenas,

rozar la sabiduría del ojo profundo de una yegua preñada

que recorre un país sin nombre y sin dueño.

Silenciar el ruido de las máquinas del mundo.

Quisiera, y sin rencor,

acallar los millones de quejas de los que viven sin sangre

y luego lo escriben con orgullo.

Dar un golpe en la mesa de las tertulias literarias

y aplastar las palabras que no despidan belleza.

Pero belleza áspera y espléndida.

De ese murmullo sin sentido

en que las hemos sumergido,

a ellas,

las sencillas, las sagradas,

es que estoy tan fatigado…”

–susurra mi hermano doble–

“Sólo los muertos hablan una lengua más clara.

Los muertos,

y los niños altivos de ciertas provincias

donde el viento se sorprende de tanta inmensidad,

y la creación no dispone aún de otra poesía

que un árbol que esconde una manzana.

La niña y la yegua descansan a su sombra.

Y allí, con el viento puedo,

a veces, un instante,

yo también

descansar…”

**

Claude Batho, en su cama,

habla de su última fotografía

He registrado cada rincón del cuarto

con la misma pasividad de esas niñas

que retrataba cuando aún podía moverme.

Mi cámara ha sido, desde entonces,

una falsa ventana. Detrás estaban las cosas de siempre:

el florero, el armario, el monótono reloj,

la mancha en la pared.

He dejado para el final la ventana real,

esa que da al jardín y en cuyo marco se recorta un gato,

apenas descifrable entre la tenue tela húmeda

que mi respiración ha dibujado sobre el vidrio.

Alguien podría pensar que en esta fotografía

lo más importante son las gotas de vapor condensado

que velan la figura del felino.

Como si hubiera fotografiado mi último aliento.

Pero no es así:

lo importante es el gato,

la ventana cerrada,

y el jardín ahí fuera,

que persistirá mucho más allá de mí.

**

Pedagogía y distancia

A Franchi

Viene y dice: “Enseñame; quiero aprender.

El deseo de crecer en el deseo. Enseñame cómo.

La manera de mirar el mundo. Enseñame qué

mundo mirar, o qué mundo mino cuando miro.

Las palabras, dice; enseñame. Los otros; dice.

Cómo hacen; cómo saben; saben qué; hablar,

trasladarse de un pensamiento a otro. De una red

a otra red”. Entonces –otra vez!- soy el que debe

desprenderse de sus dudas, de la cáscara de sus certezas otra vez.

Cuaderno abierto sus ojos – la sed, la clara, la profunda

en sus ojos cuando pide.

Debo tener cuidado de lo que escriba

en él. Cuidado de regar las dudas como plantas de invierno,

de cortar qué mala hierba en las pocas semillas de mis certezas;

pelusa en los bolsillos. Deshacer debo la red de mis trampas;

evitar caer en la pregunta que su sed –la clara, la profunda-

lastima en mí la enorme distancia en el tiempo enorme.

Si trastocara distancia en años por kilómetros, menor sería

el riesgo y la fatiga. Cualquiera puede desandar veinte kilómetros;

parar en esa posta, abrir la habitación que dejó, airearla y mostrar

los cuadros de la exposición. Veinte kilómetros no hacen un pasado;

apenas un recorrido exploratorio. Puede, entonces, enseñarse el lugar

como contemporáneo del lugar a un huésped contemporáneo y próximo.

Pero él dice: “enseñame”.

Y el mapa se vuelve calendario.

¿Afinar la distancia, el tiempo, para que sea posible plantar semillas,

desechar cáscaras, cortar malas hierbas en jardín ajeno?

Pero en mi bolsillo todavía pelusas, redes sin desplegar,

kilómetros y kilómetros de gestos que fueron oxidando el cuerpo.

La erosión, no en el camino, en los pies. Y el alma impura

de limpiarse en ojos como esos.

Qué palabras, digo, gestos qué. Con qué manos señalar

lo que los ojos deben mirar; y cómo entre asperezas deletrear

al menos algo de esperanza,

o la elegante seguridad de caminar erguido;

las manos en los bolsillos sin pelusas de los años.

Mi pobre saber detenido en estaciones, no suma, no agrega;

y si lo hace es con una transparencia que no borra en el cuaderno;

empaña apenas la figura inicial, el garabato borroso.

Me descanso en estas enseñanzas de irresponsabilidad limitada

por los años detenidos, por los veinte kilómetros, por los ojos del amigo

que podría ser mi hijo o mi amante;

nunca un contemporáneo.

Porque en su cuaderno fulgura una plenitud sin hojas arrancadas todavía;

así la muerte incluso haya soplado cerca suyo, de mí,

o de la historia.

Esta es mi biografía, podría yo decirle.

Entre cáscaras, entre pelusas, entre redes.

Esta es mi biografía:

enseñar lo que no sé.

Y señalar el horizonte donde los otros crecen.

***

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