Tres poemas (inéditos) de José René Rigal

Tres poemas (inéditos) de José René Rigal

Flor y pan, réplica irreverent

.

Fresco en mi memoria graznido de voces petulantes.

Réquiem, doctrina que retiñe, luz de cánticos.

Sueños que adormecen virtudes de morir. Aves de azul a no volver.

Siento olor a mi suelo en el lastre de sus pasos.

Las palomas de mi encierro hacen filas de pan al firmamento.

El ayer es hoy, orden los recuerdos.

Rostros en la almohada,

desentraño un mirar entre cañas y palmeras.

Crepitar de unas manos aferradas a su aliento.

Endecha el árbol, tímido consuelo,

su interior es piel curtida de acero y sol.

No tenerte más, declamo transparencias.

Olor pueril del grano al suelo,

flor y pan dibujan sinfonía de acicates.

Sueños rotos, aroma insomne de mujer.

Impuro aspaviento de coces y lisonjas.

Déjame morirme solo si mi muerte destila un verso quieto

cargado en manos del dolor.

Presume la inocencia rictus de labios, palabras asonantes.

Plomo y humo en crisol de tiempo discordante.

En bambalina sepulto mis penas

para no acordarme del eco de tu voz mestiza

mezclada entre mamparas de selvas y praderas

**

Tiempo muerto o la muerte del tiempo

.

A veces siento un frío temblor cuando declina la tarde y todo declina,

y todo versa sobre un sapo roto,

hasta la fina simetría de los frutos,

o el ardor de obscenidades quemando mi garganta.

La libertad  muere como semilla sobre piedra,

sol calcáreo destiñe mi piel,

y otra vez el sabor acre de la estrella

se funde ante el sopor indetenible del tic tac,

reloj de agua, o de arena, o de viento,

o de miseria colgando en el tiempo,

y unos ojos fríos y lentos hasta doblar el alma.

Y todo inatrapable, y rígido y abyecto, y muerto,

como esos ojos fríos y lentos de la muerte,

que todo lo detiene junto al tiempo.

**

Pacientes como una singular demencia    

todo se la fundido a tientas y la carne parece consumirse,

y es solo viento y memoria o la singular torpeza

de cortar las hebras de la luz perdida.

Nada es casual ni tan frágil

como el aliento de la señal que somos,

o erráticos como isla a la deriva,

perpetuos como límite febril,

o torcidos como la orilla opuesta

hacia donde confluyen la terquedad y el vértigo.

***

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